Isabel Forga | ¿Hay diferencia entre apego consciente e inconsciente?
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¿Hay diferencia entre apego consciente e inconsciente?

En la actualidad no es poco frecuente que las personas se muden de ciudad o de país cada cierto tiempo. Las circunstancias que las animan a dar ese paso pueden ser académicas, profesionales o personales, pero la experiencia de extraerse totalmente de un entorno y aterrizar en otro, conlleva siempre un reto inolvidable.

Dejando a un lado el sinfín de trámites y procesos que varían de un lugar a otro y que no parecen quedar nunca resueltos del todo, empezar de nuevo en un país distinto puede resultar emocionante y aterrador al mismo tiempo, sobre todo cuando no se trata de un periodo de tiempo establecido para una actividad planeada.

La idea más extrema es cambiar de entorno por completo, es decir, iniciar en soledad la búsqueda de vivienda, de trabajo, rodearse de personas desconocidas y, si es posible también, en un idioma extranjero. En ese tipo de situación, incluso se tiene la impresión de que el yo que conocemos reacciona de forma poco familiar. Todo lo que lo condicionaba usualmente ha cambiado y se encuentra expuesto a eventualidades y puntos de vista muy diferentes de los acostumbrados. Dicen que esa es una buena forma de empezar a conocerse y no siempre gusta lo que se llega a descubrir.

En mayor o menor grado, la mayoría de las personas nos apegamos con facilidad, no solo a otros seres humanos o a nuestros adorables animales de compañía, sino a objetos, lugares, rutinas, y por supuesto, a ideologías que van formando lo que consideramos nuestra identidad. El problema comienza cuando nos identificamos tanto con nuestra historia y circunstancia que llegamos a pensar que sin ellas dejaríamos de ser.

Muchas veces este apego se da de forma inconsciente e incluso obsesiva. Es normal sentir cariño hacia las personas allegadas o los lugares que nos han visto nacer y crecer, pero eso no implica que esas personas y lugares sean mejores que otros en sí mismos. De hecho, es necesario entender esto para que el sentimiento adquiera belleza y plenitud. El apego consciente, por así llamarlo, es un paso significativo hacia la desidentificación de esa identidad creada.

¿Qué pasaría si en un momento dado alguien despertara en la oscuridad y sin memoria de su circunstancia? ¿Sabría de inmediato cuál es su nacionalidad o su edad, si es hombre o mujer o de qué raza? ¿No es cierto que esa persona seguiría siendo consciente de su propia existencia aun en la ignorancia de todos esos datos? ¿O dejaría por ello de ser?

Al adquirir consciencia de nuestro apego a todo aquello que conforma lo que consideramos nuestra identidad será mucho más difícil dejarnos llevar por ideas radicales que enaltezcan esa identidad y arremetan como consecuencia contra lo que se diferencia de ella. El fanatismo y la intolerancia, por ejemplo, se dan siempre en la inconsciencia de un apego injustificado.

Cuando leemos, vemos o escuchamos una historia, entendemos que se trata de ficción y, aunque podamos apegarnos a ella, como sucede en muchos casos, sabemos crear una distancia que ofrece perspectiva. Podría decirse que se trata de un apego consciente. Es posible aprender de ese proceso y aplicarlo a la historia de vida, dado que en realidad también es un tipo de ficción y desaparecerá algún día sin dejar rastro. Distanciarnos de esa historia nos ayuda a aprender a valorarla en su verdadera dimensión y, al mismo tiempo, nos permite dirigir la atención hacia el ser que permanece siempre, aun cuando la identidad circunstancial llegara a desaparecer.

La pregunta para este Entre líneas surge de El difícil equilibrio entre fuerza y rendición, La libertad más allá del personaje y ¿Se puede distinguir entre desapego e indiferencia?

 

4 Comentarios
  • Tony
    Publicado a las 18:11h, 31 agosto Responder

    En realidad, esas dos cosas creo que se podrían confundir, pero pensándolo detenidamente, es posible el desapego sin indiferencia.

  • Paulina Sánchez
    Publicado a las 07:14h, 13 septiembre Responder

    Ojalá fueran más personas las que pudieran ver la fantasía de la clase social, la raza, la religión y el nacionalismo, entre muchas otras construcciones culturales y sociales. ¡Cuántos problemas nos hubiéramos ya ahorrado a lo largo de la historia!

    • Isabel Forga
      Publicado a las 03:00h, 14 septiembre Responder

      No es fácil crear ese espacio, pero se puede empezar por ser consciente del propio condicionamiento.
      Como siempre, gracias por leer y comentar.

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